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Ángel Landa. Alpinismo, escuela de vida
« en: 22 de Julio de 2011, 12:39:31 pm »
Para algunos miembros de la nuevas generaciones, tal vez necesite presentación. Ángel Landa (Vizcaya 1935) es autor de un buen número de primeras ascensiones en el País Vasco, y en Picos de Europa así como primeras invernales, a menudo con el fallecido Pedro Udaondo, en los años 50. En 1967 fue el director técnico de la expedición vasca a la Cordillera Blanca, y en 1974 de la primera expedición española al Everest, la Tximist. Siempre se ha declarado atraído por la vida y obra de Walter Bonatti y como él ha mostrado su disconformidad con la mercantilización de la montaña. En este artículo repasa la ética, el ser alpinista, el papel de los medios y el de la mujer antes de presentar sus propias conclusiones sobre cómo se está abordando hoy el éxito en la montaña.


La montaña

“Es cierto que, de todos los placeres inocentes, ninguno tanto como el alpinismo puede considerarse de provecho mental y físico, ya que a través de los esfuerzos que exige escalar en medio del aire enrarecido de la montaña, se renueva la energía y, por efecto de las dificultades vencidas, el alpinista queda mejor preparado y fortalecido para afrontar las dificultades de la vida y resistirlas”. Así lo expresaba el primer alpinista que escaló hasta el trono de San Pedro: Achille Damiano Ambrogio Ratti (Pio XI). No pocas son las veces, cuando vamos a la montaña que llevamos en la mochila el peso de nuestras preocupaciones y a la vuelta, el peso es menor, es como si por la pureza del aire hubiéramos alimentado el espíritu y el peso se notara menos. En la montaña vamos aprendiendo a ser solidarios, compañeros y que somos algo más que animales, a medida que nos vamos dando cuenta de lo pequeños que somos y que nuestra grandeza está en lo que sabemos, y sabemos hacer, que es la parte superior del saber. En la vida, te pueden traicionar y decepcionar muchas cosas, pero la pasión tan profunda que penetra en el alma por la gracia que la montaña tiene, espanta la idea de la muerte y produce una sana e inenarrable alegría.

 Con toda la humildad que me permite mi carácter y naturaleza, sabiendo que cuando más me aleje de dicha humildad más lejos estaré de la realidad, deseo expresar algunas ideas sobre los derroteros por los que está discurriendo hoy en día el alpinismo, basándome en las experiencias y conocimientos que he obtenido a lo largo de más de 50 años de práctica en este deporte. No pretendo hacer creer a nadie que lo sé todo sobre el alpinismo; pero sí les puedo decir que, por la cuenta que me tenía, debía saber a dónde iba, por dónde, cómo y cuando, para poder regresar sano y salvo a casa.

Hay grandeza y belleza en la montaña, y también generosidad, compromiso y ética en los alpinistas. Esa es la gran lección que nos dejaron aquellos maestros.


Ética

Los de mi generación nos hicimos alpinistas gracias a la conducta y gracia de aquellos grandes guías (Terray, Bonatti, Cassin y un largo etcétera) que nos marcaron el camino con su forma y estilo, dando ejemplo de honradez y ética. Nos dijeron que subir a la montaña no es una cuestión de vida o muerte, sino de algo más importante: la moral, la ética, la elegancia y el estilo, y dejando siempre claro cómo lo haces y porqué lo haces; pues todo no vale, ni en este deporte ni en nada, sin ética.

 Si, hay grandeza y belleza en la montaña, y también generosidad, compromiso y ética en los alpinistas. Esa es la gran lección que nos dejaron aquellos maestros. Y es una lección que la repetiré cuantas veces sea necesario.

 Un gesto elegante, por ejemplo, fue protagonizado por escaladores vascos cuando hubimos de realizar dos rescates en la cara Oeste del Naranjo de Bulnes. El primero de los rescates se efectuó en 1969, cuando desgraciadamente ya estaban muertos Berrio y Ortiz. Escalar la pared helada y vertical de la montaña durante más de 48 horas seguidas fue de sumo riesgo de muerte. Al año siguiente, también en invierno, en el mismo lugar y, en peores condiciones, logramos rescatar esta vez con vida a los madrileños Lastra y Arrabal. Cuando el rescate se acabó, sin esperar ninguna recompensa, nos vinimos para casa, con la satisfacción de haber hecho bien los deberes. Esto es lo que se puede llamar un bello gesto. Hay quien puede decir que los tiempos han cambiado, ya lo sabemos, que ahora nadie va con el burrito a moler trigo a los molinos de viento, pero no obstante el viento sigue el mismo. Lo clásico no envejece ni muere nunca.

En la montaña vamos aprendiendo a ser solidarios, compañeros y que somos algo más que animales.

Nada puede seguir adelante sin memoria, ya que ésta es la maestra de la vida; no para la nostalgia, sino para el futuro. La memoria son las sensaciones, y lo que queda de ella es el alma. No debemos olvidar nuestro pasado, porque en él están nuestros sueños, experiencia e historia. La montaña tiene magia, el alpinismo, más.

 Otro momento mágico, pleno de estilo y de ética, fue la extraordinaria y singular hazaña deportiva y humana –ante la cual hay que descubrirse, con reverencia incluida- que protagonizaron dos grandes alpinistas, uno vasco y otro italiano, para salvar la vida de otras dos personas. Generalmente, los alpinistas suelen ser cortos en palabras y largos en hechos, ellos no han narrado al público su hazaña, porque no quieren medallas mediáticas, por lo tanto no seré yo quien desvele aquí sus nombres. Aquel día, la Parca le había ganado la partida a la pareja que rescataron en el K2, era una muerte anunciada, pues no son pocos los que momificados duermen el sueño eterno en esas alturas sin posibilidad de rescate. Pues bien, esos dos bravos alpinistas, en 14 horas de extenuante esfuerzo desde los 8.500 metros se jugaron la vida para salvar la de sus compañeros, pues ellos, en hora y media, podían haber estado a salvo. Aunque parezca extraño, ningún medio de comunicación se hizo eco de tal proeza, porque no saben lo que es eso, ni creo que les importe. Sin embargo, yo si quiero que sepan que no conozco hazaña parecida, ni desinterés igual, por parte de los propios medios. ¡Aquella hazaña sí merece el premio Príncipe de Asturias!


Qué es un verdadero alpinista (y quién no lo es)

El alpinista que quiere ser reconocido y valorado como tal, el primero de cuerda, es como el pintor (artista) que pinta un cuadro, él lo idea y lo realiza. Pero es absurdo pensar que, con unos pinceles y un lienzo, uno ya es un artista. Del mismo modo, tampoco con un “jumar” en la mano se es alpinista; esta falacia sólo sirve para engañar a los que nada saben de este deporte y provocan una sucia herida a la dignidad que siempre ha caracterizado al alpinismo.

 En una escalada se aprende a medir con el calibre más fino y preciso todo lo que acontece en esos instantes en tu entorno y dentro de ti mismo, poniendo en marcha todos tus conocimientos, que no se aprenden en ninguna universidad, eres dueño y responsable de tus actos (capitán de tu vida) y no puedes perder el control de ti mismo ni un segundo, pues puedes ser “hombre muerto”. La montaña a veces es muy dura y no puedes esperar a que nadie te venga a empujar del trasero; tienes que ser dueño de ti mismo, enfrentándote a la realidad; es entonces cuando comprendes la grandeza (no exenta de dureza) de este deporte; es cuando te das cuenta que, en la montaña, o eres dueño de ti mismo o no eres nada (“para qué quieres más poder, si eres dueño de ti mismo”, dijo Séneca). Tu aplomo, intuición, percepción y prudencia te hacen recapacitar y pensar quién eres y lo que vales; y que lo que vales... ¡eso es lo que vales!; ese es el momento de la verdad (en la montaña se producen muchos momentos parecidos), y tienes que conocer las fuerzas que tienes, para poder ir y volver sin depender, otra vez, de aquellos que te colocaron las cuerdas fijas y campamentos para que vayas con tu jumar a la cima.

 ¿Qué es un “jumar”? Es un aparejo que sirve para subir por una cuerda, ya colocada, y que, si no hay cuerda, no sirve para nada, pero si la hay, es para arrastrar por la montaña peso y personas que de otra forma no subirían.

 Por tanto, no se puede ni se debe llamar alpinista, porque no lo es, a aquel a quien, acompañado de una cohorte ingente de anónimos alpinistas, de contrastada valía, le colocan cuerdas fijas hasta la cima, para que con el jumar vaya a donde las cuerdas le lleven.

 Es un tópico vulgar y muy manoseado eso de que en este país la envidia es el deporte nacional. No lo tengo claro, pues no es mi caso, pero lo que si es cierto es que la estupidez, la zafiedad y la mentira se han instalado en la montaña, al amparo de la opacidad y la ignorancia que existe sobre este deporte. Johnny Weissmuller (Tarzán, el rey de los monos) terminó creyéndose que era Tarzán, y en su desvarío andaba dando gritos, llamando a los monos. Confundió lo ficticio con lo real. Algo parecido le puede pasar a quien piense que los monos siempre tienen que estar a su servicio. Para que el respetable público y lector sepa el alpinista no lleva con él un mono amaestrado que le sube y le fija las cuerdas por arriba, ni tampoco es un fakir que con una flauta hace que la cuerda suba. Eso no es así, ni nada parecido. No es de recibo que aquellos a quienes desde la irresponsabilidad hay quien llama “su equipo” siempre tengan que estar pendientes para salvar la vida de quien lleva los galones de alpinista, sin serlo. Los amigos, esos que “son la hostia”, no colocan las cuerdas y los campamentos por nada, y no hace falta indagar mucho para saber que hay intereses creados.

En la montaña, o eres dueño de ti mismo o no eres nada.


El papel de los medios

En la montaña, luz si suele haber, pero no taquígrafos para levantar acta de lo que sucede en ese momento, por eso se miente tanto. Pero, curiosamente, no es en la montaña, sino cuando se desciende a la ciudad y cerca de los medios cuando aparecen las mentiras disfrazadas de medias verdades que hacen que se mantenga la impostura, que siempre persigue un fin lucrativo. En el fraude siempre hay intencionalidad, fama, dinero o poder; en este caso, también el engaño para quien nada sabe lo que es el alpinismo. En este deporte no hay ningún reglamento escrito, (esta es una de sus grandezas), pero si tiene una ética que lo sustenta.

 Ni la altura ni la supuesta pureza del aire que existe en el Himalaya son suficiente barrera para frenar en los ochomiles la gran cantidad de detritus que van dejando los que frecuentan estas montañas por las vías normales hoy llamadas “autopistas del Himalaya”. El espanto y la degradación se han instalado en muchos de los campos base de los ochomiles, que se han convertido en lo más parecido a una sala de fiestas subida de tono, sin hacer ascos a nada. Parece ser incluso que las autoridades chinas han prohibido el alcohol en el campo base situado en la cara norte del Everest (no tengo noticias de las autoridades de Nepal).

El espanto y la degradación se han instalado en muchos de los campos base de los ochomiles, que se han convertido en lo más parecido a una sala de fiestas subida de tono, sin hacer ascos a nada.

La virtud porta honor!; las mentiras ensucian y degradan todo lo que tocan. A los medios se les debe pedir ser didácticos, con el fin de ensanchar la mente humana y tratar de sacarla de las tinieblas de la ignorancia, alejándoles de una visión pequeñita, provinciana y mezquina, con el fin de intentar lograr una visión ancha, generosa y plural; afinar la sensibilidad, estimular la imaginación, refinar los sentimientos que despiertan en las personas un espíritu crítico y autocrítico que nos hace capaces de diferenciar lo feo de lo bello, lo inteligente de lo estúpido, lo bueno de lo malo y lo tolerable de lo intolerable. Esas son las enseñanzas que se pretenden inculcar en la montaña, las que debíamos haber inculcado los profesores de la Escuela Nacional de Alta Montaña a las jóvenes generaciones. Mucho me temo que no lo logramos en muchos casos. Todas esas enseñanzas están muy lejos de lo que está sucediendo ahora, que los medios conceden erróneamente el titulo de alpinista (con lo que eso conlleva) a alguien que no lo es y que está muy lejos de llegar a serlo, pues no es capaz de ir nunca en cabeza de cuerda. Es más: desde los medios y sobre todo desde la divina providencia, la TV, encumbran a diversos personajes como “mejores montañeros del mundo” o “reinas del jumar”, y los que promueven como candidatos a premios multimillonarios. Parece ser que el cómo les importa poco a los patrocinadores con tal de que alcance la cima, pero hay cosas que no se pueden comprar con todas la riquezas que hay en la tierra ni las que el mar encumbren, que es hacer de una mentira una verdad, aunque sí trampearla. No obstante, por muchas vueltas que des, el trasero siempre te queda por detrás.

Los medios conceden erróneamente el titulo de alpinista (con lo que eso conlleva) a alguien que no lo es y que está muy lejos de llegar a serlo, pues no es capaz de ir nunca en cabeza de cuerda.

Pero a los medios lo que más les pone de la montaña es el drama, y de esta forma se convierte en más héroe el rescatado que el rescatador. La naturaleza tiene su voz. Ésta es otra de las lecciones que hay que aprender en la montaña, y hay que respetarla, pues no es infrecuente caer en la irresponsabilidad que hace arriesgar la vida de otras personas por estúpidas ambiciones para regocijo de los medios del reality show, que lo que quieren es carnaza. Todo ello convierte en un grave peligro tener que trabajar para mayor gloria de los vanos protagonistas.

 Todas estas cosas suceden porque no hemos ido a vomitar a la raya de lo tolerable antes de que estas miserias terminen corroyendo el alma de los valores básicos y el corazón de uno de los deportes más ricos en convivencia humana. La impostura es el camino por el que por arrastramiento están siendo llevados los valores de nuestra libertad, que, según Don Quijote; y también los alpinistas, es “el más grande don que los Cielos han dado a los seres humanos”. Gracias a los medios, sobre todo a la TV, el alpinismo se ha convertido en motivo de discusión en bares y bodeguillas, donde es sabido que se habla de todos los deportes con pleno conocimiento. La gente necesita ídolos, y los medios hacen héroes y villanos, según sus intereses, desde la prepotencia del poder. No olvidemos que, con la misma sinrazón, Calígula nombró cónsul a su caballo.

 Una anécdota de los tiempos heroicos. En el año de gracia de 1974 (Expedición Tximist al Everest), aún estábamos bajo el régimen cuartelero, y nos impusieron un periodipoli con la misión de comunicar, si procedía: “bandera española en la cima del Everest”. ¡Ja! Ahora mandan o va la TV, que es la que paga. Si me diesen a escoger, yo no me quedaba con ninguno de los dos.

Por mucho que sean los medios los que se los otorguen, son ellos los primeros que deberían negar su condición de “mejores alpinistas del mundo” o “reinas de los ochomiles”.


Mujer y alpinismo

Desde hace muchos años, las mujeres han conseguido retos deportivos de gran alcance en todas las disciplinas de montaña; han ocupado un puesto muy destacado en el alpinismo, y no es por ser mujeres, sino por las extraordinarias hazañas conseguidas yendo de primeras de cuerda y haciendo expediciones solamente de mujeres, Sin embargo, no las conocen ni en su portal (algo parecido para con los hombres a los que les interesa muy poco los ochomiles por sus vías normales, porque saben que eso está carente de valor alpinista, y de gracia). Por eso sentimos vergüenza ajena cuando desde algunos medios, por ignorancia, se pretende entronizar a quien nada tiene que ver con el espíritu de esas alpinistas, anteriores y actuales. A este respecto, recomiendo leer Cuerdas rebeldes, de Arantza López Marugán, (Ediciones Desnivel), con el fin de saber lo que las mujeres han hecho y siguen haciendo en alpinismo.

 Ya en el verano de 1931, la norteamericana Miriam O’Brien escribió que la única manera de que una mujer escale de verdad es que no haya ningún hombre alrededor. Igual que una que yo se. Las cosas que con dinero se pueden comprar son baratas, sobre todo en el alpinismo. Si las mujeres en la montaña quieren ser verdaderamente libres, no deben esperar a que los hombres les hagan el trabajo colocando campamentos y cuerdas fijas, difuminando las carencias técnicas que puedan tener, para que ellas, explotando su condición femenina, cojan su jumar y vayan a la cima; eso es trampa, y ninguna mujer alpinista se puede sentir representada por semejante falacia.

Si las mujeres en la montaña quieren ser verdaderamente libres, no deben esperar a que los hombres les hagan el trabajo colocando campamentos y cuerdas fijas.


Conclusión

Cada uno puede hacer en la montaña lo que sepa y pueda... ¡faltaría más! Ir a pasear al Pagasarri, sin prisa, un domingo por la mañana, coleccionar los tresmiles del Pirineo, escalar vías de Vº grado en Atxarte, intentar hacer un sietemil sencillo (o el Cho Oyu) con una expedición comercial, gastándose los ahorros de toda una vida para satisfacer una ilusión, o escalar vías difíciles de primero de cuerda, vías a menudo vírgenes; esta es la única forma de experimentar el deporte del alpinismo en toda su dimensión, porque lo más interesante y auténtico es resolver uno mismo los problemas, no que otros lo hagan por ti. Por ello, no es de recibo que un montañero de domingo, o un alpinista de vías trilladas, incluso de expediciones comerciales a las más altas montañas del planeta, se arrogue una condición o un mérito que no le corresponde. Por mucho que sean los medios los que se los otorguen, son ellos los primeros que deberían negar su condición de “mejores alpinistas del mundo” o “reinas de los ochomiles”. No basta con compararse con los mejores alpinistas de la historia (¡pero qué tupé!), y con la boca pequeña, decir que no llegas a ese nivel; así, se da a entender que estás solamente en un escalón inferior, cuando la verdad es muy diferente. Algunos ya sabemos quién es quién con el jumar y sin él. Las comparaciones son odiosas, y en algunos casos, blasfemas.

 Pero ¡cuidado!, porque lo que si existe es gente dispuesta a discutir sin tener ni idea de lo que dice; y lo que están haciendo es repetir la voz de su amo: la TV. No pocas son las veces que, después de un intercambio de opiniones, la gente termina reconociendo que desconoce la cuestión que discutía con vehemencia. La negación es el ingenio de los tontos, y la contradicción su agudeza.

Ojalá sirva este escrito para que al menos toda esa gente se interese y se informe más, y de esa forma tenga más elementos de juicio para poder discernir quién es quién en este deporte que tanto amamos algunos.

Ángel Landa