Autor Tema: Ruta de los acantilados (La Barquera)  (Leído 1846 veces)

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Ruta de los acantilados (La Barquera)
« en: 30 de Diciembre de 2011, 12:42:56 pm »
Datos Técnicos

Salida y llegada: Zona de La Barquera.
Distancia y horario aprox. 7,5 Km. y 3 horas.
Desnivel: 85 m.
Dificultad: Baja, cuidado con los acantilados.

Ésta es una ruta que recorre la parte norte de San Vicente en su sector occidental. Extraordinarios e imponentes paisajes de acantilados salvajes se ofrecen a la vista de los paseantes. Ofrece también la ventaja de ser un recorrido donde la tranquilidad de la soledad y la contemplación de la mar con todas las sensaciones visuales, auditivas e, incluso, olfativas hacen del mismo un recuerdo perdurable, sobre todo en su primera mitad.

 

ITINERARIO

0:00 Horas. La Barquera.- Partimos de los secaderos del puerto, donde los pescadores reparan las redes. La vista de los puentes y el promontorio del San Vicente antiguo bien merece alguna fotografía. Tomamos la carretera que discurre paralela a la entrada del puerto y, a pocos metros, nos desviamos a la izquierda (señal) para tomar la carretera del faro. A la derecha hemos dejado la fábrica de conservas.

0:15 Horas. Faro de San Vicente.-Estamos a la altura del faro y damos una curva muy pronunciada hacia el oeste. Podemos asomarnos a nuestra derecha, donde se encuentra un artilugio utilizado por los pescadores de "ocla". Veremos una ensenada espectacular y la altura que salvan los recolectores de "ocla". Seguimos la carretera con los Picos de Europa justo enfrente y, a la altura de la Posada Punta Niñera, nos desviamos por un callejo a la derecha. Unos 50 metros después, a través de unas praderas, nos encaminamos por nuestra derecha hacia la costa, llegando tras un breve descenso hasta Niñera, una pequeña cala donde es factible encontrar algún que otro fósil.

0:35 Horas. Playa de Niñera.- A partir de aquí vamos a ir bordeando la costa. No existe posibilidad de pérdida y vamos a recorrer todo el perímetro costero occidental del término municipal. Podemos aprovechar cualquiera de los pequeños senderos que paseantes, pescadores y animales van formando en sus desplazamientos. Atravesamos un área de pequeños acantilados para llegar a una zona plana muy interesante de visitar con marea baja, ya que podemos observar con detalle la fauna y flora propias de la bajamar. Así, llegamos finalmente a un pequeño entrante de la mar. Estamos en La Regatona.

1:05 Horas. La Regatona.- Continuamos en la misma dirección. A nuestra izquierda, en lo alto, podemos observar algunas viviendas que están junto a la carretera de Boria. Llegaremos a un lugar donde una plana y leve pendiente desciende hasta el agua. Hemos de ganar un pequeño sendero que sube, por nuestra izquierda hacia una pequeña elevación. Se trata de Cueto Marías y, a partir de aquí, nos alejamos un poco de la línea de la costa. En unos minutos, el camino pasa junto a unas agujeros. Uno de ellos es la Cueva del Cúlebre (panel con leyenda), personaje de la mitología cántabra. Hacia la mar baja una lastra que está rodeada de acantilados. A la derecha podemos ver una gran hendidura con unos postes: son los restos de un cobertizo para el ganado que ha estado funcionando hasta hace poco tiempo.

1:35 Horas. Cueva del Cúlebre.- El camino transcurre ahora algo separado de la mar. Al poco rato, atravesadas unas pequeñas elevaciones, la costa vuelve a abrirse. Nos encontramos en una zona de acantilados. Podemos asomarnos con precaución a los mismos. Aquí veremos los restos de un par de monumentos funerarios, uno de un barco que se estrelló contra estas rocas, justo debajo de la punta de estas alturas, y otro en memoria de dos jóvenes que perecieron cuando mariscaban por aquí. La enorme cavidad que hay debajo se llama La Cueva de la Zorra, y no es difícil ver algún raposo entre los bloques que la mar arrebata a la costa así como alguna pareja de chovas piquirrojas que utilizan como hogar estas enormes paredes.

1:50 Horas. Cueva de la Zorra.- Estamos llegando al final de recorrido por la costa. Dejando un alambrado a nuestra izquierda llegamos a una amplia llanura herbosa, el Fraile, y asomándonos al borde de la misma se nos presenta la Playa de Fuentes. El espectáculo es grandioso y merece la pena pararse a contemplarlo durante un buen rato. A nuestra izquierda vemos una pista que baja desde Santillán. A ella nos dirigiremos por el borde de los acantilados teniendo cuidado de no acercarnos demasiado. Una vez en la pista, veremos un pequeño sendero que nos lleva a la playa donde podemos tomar un baño.

2:10 Horas. Playa de Fuentes.- Ascendemos por la pista y, justo cuando la pendiente se suaviza en una curva a la derecha tomamos una desviación a la izquierda. En el cruce siguiente giramos a la derecha y nos dirigimos a la carretera de Boria-Santillán. Al llegar a ella nos vamos por la izquierda, y en la próxima bifurcación tomamos la carretera de La Teja por la derecha. En pocos minutos pasaremos por la Fuente de la Teja y, finalmente, terminamos la ruta en La Barquera, punto de salida.

Total: 3 Horas.

LUGARES DE INTERÉS:

Faro de San Vicente: Merece la pena asomarse a la ensenada entre la Punta del Castillo y la barra del puerto. Desde aquí, con la ayuda de un artilugio se sacan las algas (ocla) que, después de seleccionadas y secas, se usan en numerosas aplicaciones industriales.

Playa de Niñera: En los mapas del IGN viene denominada Ensenada de Liñera. Los habitantes de Boria siempre usaron el término Niñera y bajaban a bañarse aquí. En las paredes que cierran la playa pueden verse fósiles.

Los Llanos: Es la zona plana rocosa que queda al descubierto con la marea baja y que se encuentra antes de La Regatona. Se trata de un sitio ideal para observar la vida propia de la bajamar. La ley prohibe recolectar cualquier tipo de especie y, además, iría en contra de las pretensiones de esta guía.

Cueva del Cúlebre: Más que una cueva se trata de un pequeño hundimiento con una estrecha abertura al final por donde se guarecía esta mezcla de dragón y serpiente presente asimismo en otras mitologías. Cuenta la leyenda que para serenarle, los barquereños le ofrecían periódicamente una muchacha. Un día que la víctima de turno esperaba su final a la entrada de la cueva pasó por allí el Apóstol Santiago, el cual, compadecido, luchó y venció al Cúlebre. Una marca en la roca con forma de herradura indica la huella que dejó el caballo del Apóstol al aplastarle la cabeza.

Acantilados de la Cueva de la Zorra: El vértigo que produce asomarse a estos acantilados se compensa con la belleza del paraje. Observar cómo rompen las olas desde arriba y las formas que la mar dibuja en las rocas hacen de este lugar algo sumamente espectacular.

El Fraile: Desde aquí las vistas son preciosas, el movimiento del agua le mece a uno de manera que le invade una sensación de tranquilidad y serenidad con todas las cosas. Se mezclan el verde de los pardos y el azul siempre cambiante de la mar y se olvida uno de las prisas. Para recordarnos que seguimos en el mundo vemos los desmontes y tajos producidos en los años setenta cuando a punto estuvo de construirse en este lugar una central nuclear.

FAUNA Y FLORA:

El recorrido costero atraviesa una zona caliza donde abunda el matorral, aunque los frecuentes incendios no le dejan desarrollarse. Así, las especies más comunes son los brezos y también abundan los tojos o escajos. Más relevancia tienen algunas manchas de encinas y, en ocasiones, podemos encontrar laureles y algún roble pequeño, así como algún madroño.

En cuanto a la vida animal, de los grandes mamíferos el más importante y abundante es el zorro. Asimismo podemos encontrar erizos, ratones, jinetas...

Abundan las aves: rapaces como el cernícalo, ratoneros o mochuelos comparten el espacio con las especies marinas, donde destacan las gaviotas y cormoranes, que utilizan los acantilados para colocar sus nidos a salvo de otros depredadores. Entre los pequeños, jilgueros y pinzones, tarabillas, bisbitas...

No es difícil encontrarse en verano con la muda de la piel de alguna culebra. Podemos ver culebras de collar, coronellas... y, ¡atención!, alguna víbora, puesto que el terreno hace de esta zona un buen lugar para ellas y, por lo tanto, es abundante. Lagartijas y, ocasionalmente, algún lagarto verde completan la lista de reptiles más usuales.

EL CÚLEBRE

Muchas de las cuevas que albergan las peñas, roquedales y acantilados de Cantabria están habitadas por una especie de monstruos, entre dragón y serpiente, que se llaman culebres o cúlebres. Por lo general guardan tesoros de los que escondieron los moros. Es difícil verlos, pues salen poco y nadie se atreve a internarse en sus guaridas, pero en los últimos años han sido vistos el de Secadura, que es un culebrón como un tronco de grande y se come vacas enteras, el de la cueva de Matienzo, reptil también gigantesco, y el de la cueva de Valdició, enorme serpiente con alas que lanza unos silbidos agudísimos. También los hay en Asturias, donde los llaman cuélebres.

De entre los más conocidos por la tradición se cuenta el que mató Santiago cerca de San Vicente de la Barquera. En un acantilado al oeste de esta ciudad, por el antiguo camino de Santillán a Boria, existe todavía en nuestros días la cueva en que vivió, que sigue llamándose Cueva del Cúlebre.

Según las noticias que han llegado hasta nosotros, se trataba de un extraño reptil comparable a un dragón, con cabeza ancha, potentes mandíbulas armadas de colmillos como pedernales de trillo, cresta espinosa que se prolongaba por todo el espinazo hasta la cola, patas de aceradas garras y alas de murciélago. Cuando respiraba exhalaba un aliento ardiente y mefítico, y con un coletazo derribaba a un caballo.

Los habitantes de la ciudad se habían comprometido a entregarle cada año una doncella a cambio de que no les ocasionara mayores males, pues, cuando le daba por salir de su guarida, destrozaba sembrados, diezmaba rebaños y devoraba a todo el que se ponía por delante. Se elegía a la mocita por sorteo entre las de su edad y se le ataba a un poste fuera de la cueva para impedir que huyera o se desplomara al desmayarse cuando el monstruo aparecía. Este salía lanzando feroces bramidos que hacían retumbar las rocas, y la devoraba lentamente, disfrutando cada bocado, hundiendo sus renegridas navajas en la carne rosada de la muchacha, mientras la lengua bífida y amarillenta lamía su sangre caliente. Aquel horroroso espectáculo lo contemplaba todo el pueblo, que así podía juzgar el valor del sacrificio y lo cara que costaba la seguridad del pueblo.

En una ocasión la víctima era una muchachita que ya había asistido dos veces a aquel monstruoso martirio y las dos veces se había desmayado en los brazos de su madre.

-Me ha salido la concha negra- dijo su padre abatido cuando volvió del sorteo, que se hacía con tantas conchas blancas como doncellas, menos una que era negra.

Volvió a desmayarse la joven y hubieron de darle un agua de aulaga blanca, que, como se sabe, sólo crece una en todo el monte cada mes de septiembre y le pone a uno alegre quitándole todo tipo de angustias y dolores. En tal estado de artificial contento la llevaron a la entrada de la cueva el día señalado para su inmolación y la ataron al poste.

Al oler carne fresca, el dragón se dirigió lentamente hacia la salida de la cueva. A pesar de la pócima de aulaga, la muchacha empezó a temblar de pavor al sentir retumbar el suelo bajo el peso de aquella mole de pétreas escamas. Y, cuando lo vio aparecer, horrible, rugiente, fétido, espeluznante, espantoso, a pesar de la sonrisa que se imponía en su rostro, el corazón se le aceleró, sintió unas náuseas atroces y empezó a devolver. El dragón levantó la cabeza e hinchió sus descomunales narices como olfateando el apetitoso efluvio del manjar que se disponía a devorar. Ella sintió en sus mejillas el insoportable hedor de su aliento, que la ahogaba, y estuvo a punto de desmayarse. Pero, en el último momento, haciendo un esfuerzo extraordinario, acordándose de un cuento del tiempo de los moros que le habían contado, gritó:

-¡Santiago, por Dios, ayúdame!

En aquel mismo instante sintió el culebre un escalofrío por todo el cuerpo y sus gruesas escamas chascaron y empezaron a desprendérsele dejando al descubierto una como gelatina viscosa y purulenta. Pero sus fauces no se detuvieron y caían ya para arrancar de un bocado la cabeza de la joven, sus garras se erizaban amenazadoras en el aire, sus alas siniestras chocaban como velas que bate el temporal, y sus narices arrojaban llamaradas acompañadas de un silbido aterrador, cuando apareció por los aires, montado en su caballo blanco y blandiendo su reluciente espada, el apóstol guerrero que la joven había invocado y que, posándose en la roca, asestó un poderoso mandoble al monstruo, desgajándole del cuerpo aquella colosal cabeza, que fue rodando peñas abajo hasta llegar al mar, donde se hundió con un chirrido como de hierro al rojo entrando en el agua. Del cuerpo salieron tres chorros de sangre, cada uno de un color, negro, verde y rojo, que bañaron todas las peñas de los alrededores, pues el bicho se agitó violenta y largamente en sus estertores.

Dice la tradición que la joven, que escapó del trance sólo con el pelo un poco chamuscado, hizo el voto de peregrinar a Compostela.

Todavía hoy puede el visitante contemplar junto a la Cueva del Cúlebre de San Vicente de la Barquera las huellas que en la roca dejaron las herraduras del caballo de Santiago.